Eustaquio Marín, agricultor de secano, ha formalizado el registro de sus tierras bajo la Ley de Propiedad Intelectual tras desarrollar una técnica de labranza en zigzag. Considera que sus surcos no son meros conductos para el agua, sino una expresión vanguardista del land-art que merece protección legal frente a los plagios estéticos de sus vecinos.
Una arquitectura de barro
El conflicto estalló cuando Marín detectó que una finca colindante presentaba un trazado de curvas sospechosamente similar al suyo. Tras personarse con un perito calígrafo en el campo de girasoles, el agricultor ha exigido el cese inmediato de la actividad agraria de su vecino o el pago de un canon anual por el uso de su geometría creativa aplicada al estiércol.
No se trata de sembrar cebada, se trata de una narrativa visual sobre el horizonte. Cada piedra que esquivo es un verso que mis vecinos intentan rimar sin mi permiso.
Tasa por avistamiento
Además de las demandas vecinales, Marín ha instalado un puesto de cobro en el arcén de la carretera comarcal. Los turistas que detengan sus vehículos para fotografiar el paisaje deberán abonar tres euros por disparo. Según el denunciante, el Ministerio de Cultura ya estudia catalogar su parcela de barbecho como Bien de Interés Cultural Intangible, impidiendo cualquier paso de maquinaria ajena que no respete el canon del autor.

